Las alianzas
En toda sociedad a gobernar, es absolutamente imposible lograr satisfacer de modo absoluto, las demandas de cada uno de los individuos que integran el cuerpo social; pero se debe a la característica de ser cada uno distinto, único y especial respecto a los demás, y no a la incapacidad de tal sociedad en elevar una conducción que lo logre.
A simple viste, esta especial característica de la humanidad, sería una traba para ella misma. Pero la humanidad si bien en muchos casos es extremista, estéticamente, puede formar sociedades considerablemente ordenadas, dirigidas por pocos; y acepta que no siempre, ellos la satisfarán.
Y ello se logra porque existe el consenso, como concepto que toma vida en el acuerdo de los interesados respecto a una cuestión en la que no podrían todas las demandas ser absolutamente satisfechas. Rara vez todos y de buena manera encontrarán sobre un tema un punto de coincidencia, por lo que por defecto las más de las veces, el consenso será lo que primará en las relaciones entre los hombres. Una circunstancia en la que todos llegan por unanimidad a tomar una decisión, no es un consenso. El consenso conceptualmente refiere a la situación en la que los sujetos al no poder llegar por ningún medio a un punto en común, deciden ceder algo, si el resto lo hace. Genéricamente la palabra tiene una función instrumental indirecta. Designa a aquella herramienta humana que permite un acuerdo, donde no lo habría, si todos no resignaran parte de sus pretensiones.
Esta pérdida de espacios, conceptualmente, debe realizarse en la misma proporción, para que el consenso sea equitativo, pero no en todos los casos esto sucederá. Habrá ocasiones varias donde unos cederán más que otros, tal vez incluso concientemente, por la circunstancia que fuere; y otras creerán todos ceder por igual, si bien se sabrá que unos han sido engañados o manipulados, y luego tendrán derecho a quejarse tal vez, pero de todas estas vicisitudes no nos ocuparemos por el momento.
Todo consenso[1]-procesualmente[2]- luego de que se han pulido las diferentes posiciones, luego de que se han llevado a cabo las pérdidas y las ganancias de espacios, finaliza en una unanimidad. Pero solo es unánime teleológicamente o seminalmente, o evolutivamente, de modo latente o en potencia[3].
Entonces en la dirección política tenemos una necesidad primordial y primera. Al llegar a los grados de poder, se debe ante todo idear el modus vivendi que permitirá el consenso mínimo.
Política en hebras.
Todavía no me parece clara la posibilidad de que la acción política pueda escindirse de la actividad demagógica, quiero decir, que pueda existir una forma de política con absoluta ausencia de demagogia-una especie de política pura- y que sea aplicable a la realidad[4]. No creo que fuera posible concebir una acción del político sin rastros de actividad demagógica. Por ello no me es posible concebir una dicotomía básica que está en la mayoría de las mentalidades, que es aquella que polariza a los hombres de política en por un lado: esos políticos que son moralmente buenos, rectos y justos; y por otro esos políticos, que son unos seres de naturaleza maléfica, a los cuales muchos les adhieren la etiqueta de demagogos.
Quien hace política es un demagogo.
La incomprensión de la actividad política, evidente en aquellos que como críticos son capaces de destruir logros de siglos, lleva a que al hablar de demagogia notemos ese contenido negativo que alrededor de la palabra se siente. Aquel político que hoy en día es un demagogo, no tardaría alguien en decir, debe ser juzgado penalmente[5].
Pero esto se explica, y es común y molesto también, debido al estado de reducción mental al que muchas personas están subyugadas, a veces por causa de la necesidad psicológica casi patológica de hacer monumentales críticas-por la crítica misma- o pensar que sus discursos y sus propuestas de acciones son siempre las mejores. Siempre pensé, que si aquél pensamiento que tienen esas personas fuera de este modo en la realidad, a tales personas, sería una absoluta injusticia negarles la posibilidad de que nos gobiernen; pero como comprendí, que solo critican “bien” pero no pueden hacer las cosas bien, creo que merecen estar siempre al mando de los que ellos acusan tanto de demagogos.
La demagogia es palabra que nos nomina el accionar de un demagogo. Un demagogo-en política[6]- es aquel quien sirviéndose de artificios, lograr un objetivo que se propuso. Y solo es demagogo porque la palabra en un sentido acabado así lo denota, aquel que mediante algún medio, ya, de modo concreto, logró aquello propuesto.
Aquella alianza que todavía no terminó favorablemente para un tal, no lo hace todavía demagogo, pues si ello no se logra, sería ante todo un fracasado. El término ya supone el éxito del hombre que emprendió la aventura[7]. Yo soy demagogo respecto a un acto pasado exitoso, no a uno futuro y de eventual posibilidad de triunfo. Es obvio que el accionar demagógico, luego atribuirá por derivación que un tal es un demagogo, y ya no en vista de determinados puntos[8], sino que es un demagogo en su vida, en su actitud de político.
La demagogia como acción, resaltamos otra vez, tiene una carga despectiva. Podría decirse que aquel entonces que se aparta de la libre aleatoriedad de la vida, e introduce en ella una tecnología para facilitar, asegurar o concretar un fin, es un hecho moralmente malo. Quizá, pero que acción humana no introduce en el albedrío un instrumento artificial para desplegarse. Por eso la actividad política también es susceptible de sufrir por ello. No hay ningún político que nunca jamás haya hecho política dejando que las cosas siguen su curso natural.
Si un hombre fuera un político puro, debería llegar al poder, por el libre despliegue natural que se irá dando. Él no debería hacer nada, en cuanto introduzca una nota suya-y no otra, pues esta le acortaría el camino, o lo haría más fácil- sería ya un demagogo.
Presentaría su propuesta, pero simplemente esperaría al día de las elecciones. Ese magnífico día vería si se consagra la silla de mando, o si continúa al yugo de la legalidad del sistema.
Así quien hace una alianza hace demagogia, pues está con ello facilitando algo, no dejó que el libre curso de la vida siga. En la relación humana insertó esta alianza, que por seguridad y racionalidad humana es estratégica a sus fines-pocos hacen cosas para perjudicarse así mismos. Si esta alianza le llega a dar el triunfo, este hombre se convertirá en un político demagogo.
Líneas antes dije que uno era demagogo respecto a un hecho exitoso y no a uno futuro. Bueno estéticamente es una verdad insuficiente.
Vamos a partir de un supuesto. Todos ya somos políticos. Por ello estaría la posibilidad de ser demagogo político o ser santo político. Pero si dijimos que era imposible separar la actividad política de la demagogia, esto estaría mal. Porque nos llevaría a pensar que hay algún período en la actividad política en que todavía se es un político puro, y que depende que ocurra un algo, para que seamos o no políticos demagogos. Entonces la política sería escindible de la demagogia. Esta última sería una cualidad que se adheriría a la naturaleza política.
Pero es mentira. Nadie puede evitar verse en la situación de recurrir a alguna estrategia para obtener algo, y ya desde ese momento soy un demagogo. Es incoherente servirse del clientelismo, y ser un demagogo solo si luego me permite llegar al sillón presidencial.
Si fuera así, la demagogia sería una característica de éxito político-casi un título de triunfo o una coronación-, habría muchos hombres que serían políticos puros por no haber tal vez nunca logrado nada de lo que se propusieron, pero que aún así fueron los más espantosos y empalagosos maestros de idear técnicas demagógicas, desde la caja de comida, hasta el puesto asegurado.
Políticamente aquel que cruza el lugar civil y se introduce en lo público, desde ese instante primero en que tomó alguna decisión estratégica y no otra se convierte en demagogo[9]. Luego todo el tiempo que sea político será también demagogo[10]. La naturaleza de la política supone la demagogia. Si bien la naturaleza política es la materia dentro de la cual la demagogia se halla.

En la vida cotidiana uno seria siempre demagógico, pues la naturaleza implica sobrevivencia, y ello obliga a servirse de medios para hacerlo. Pero sería extender el término más allá de lo político, y aquí lo que se quiere tratar es dar cuenta de la falacia que es acusar a un colega de demagogo-suponiendo mi ausencia de demagogia.
No se si algún filósofo en tiempos lejanos develará la posibilidad de que exista ese secreto ancestral de cómo ser político y no demagogo. Que todo político es demagogo es una verdad de hoy. Tal vez no la sea si se descubre la manera de evitarla, que bienvenida sería, pues que mejor que todo se realiza siguiendo sus causes.
Acusar demagogia en alguien, hoy implica una incomprensión de la naturaleza política-es decir, la demagogia no puede ser quitada, esto es la política, la política es así[11]-, y la necesidad de querer quitarla del camino es fruto de un juicio de valor, de considerar que es moralmente mala, o de creer en la carga negativa que pueda dársele, y no una necesidad.
Comprender la política es hacer demagogia. Es dirigir al pueblo como dice la etimología-que nada de negativo tiene-, pero comprender la política hay que decir, no solo implica hacer demagogia, implica además ser conciente de que lo hago.
Unos pocos hombres han logrado esta comprensión. Son concientes de que en política hay que hacer demagogia. Otros muchos hacen demagogia pero creen no hacerla, e incluso condenan a los demás por algo que ellos también hacen. Estos no comprenden la política y solo la hacen borreguilmente.
18.4.10
[1] Todo concepto está formado por una parte estética, que es la parte visible del concepto, explícita, y que representa en una palabra de modo trigonométrico al objeto que genéricamente representa.
[2] Si bien el concepto estéticamente es de naturaleza inmediata, porque expresa la situación que explica ya realizada, puede ser comprendido como un proceso. Internamente su naturaleza es remota, porque nos da la idea de un período de tiempo necesario para que pueda darse, lo que estéticamente nomina.
[3] Como algo que puede llegar a ser.
[4] Acá quisiera hacer mención a las objeciones de aquellos moralistas ingenuos. Tienen razón, una política pura si es posible, y coincido, pero solo en los libros.
[5] No es de extrañar que hubiera algunos que se atreverían a más, incluso no tardarían en oírse voces que clamaran por el fusilamiento en las plazas públicas utilizando alguna variante de la guillotina.
[6] Pero incluso me atrevería a que el término pueda derivarse a otras actividades, pues sería posible nominar a personas que en otras circunstancias presentaran las características que de modo genérico presenta un demagogo en política.
[7] Y le damos al concepto esta característica de nominar un accionar concretado exitosamente, porque tal éxito es una especie de prueba del accionar demagógico. Pues esta conducta no solo la intentó llevar a cabo un hombre, sino que además fue efectivizada.
[8] Determinadas acciones. Nadie dice Juan es un demagogo respecto a este punto, pero es un santo en aquello; no así lo fue en esto y menos en esto, ah, pero en todo esto otro es casi canonizable.
[9] Lo cual esto ocurre siempre e inmediatamente.
[10] Seré político y mis decisiones demagógicas.
[11] No quiero quitar la posibilidad de los hombres bien humanos que sueñan en que pueda abolirse.
POR LMB